Laura, Cataluña

Dicen que se necesita un año y un día para a superar una etapa…

Hoy hace un año y un día que me quitaron el pecho y no sé si lo he superado, lo que sí puedo decir es que mirar hacia atrás me da el impulso necesario para seguir adelante.

Faltaba un día para el cumpleaños de mi hija cuando note, mientras me duchaba, un bulto extraño. No soy de las personas que piensan en lo malo, pero prometo que lo supe en el momento. ¡Ya me ha tocado!

Las sospechas fueron pronto corroboradas, tenía cáncer de mama.

Empezaba toda una rutina de pruebas, visitas al hospital, un tratamiento de 16 sesiones de quimioterapia y pasar por quirófano. Toda una aventura que borraba mi agenda…mi vida acababa de cambiar.

Dar la noticia fue el primer paso. Familia y amigos la recibían con los ojos llenos de lágrimas. Recuerdo ir a casa de mis padres y como su cara se descomponía, recuerdo el abrazo de mi padre y la calma de mi madre, pilares  y soporte indiscutibles. Recuerdo a mi hermana, “soul sister”, que hizo que los km. se esfumaran para estar más unidas que nunca.

En casa era donde más me temblaba la voz, y es que contar a tus hijos que tienes cáncer no resulta nada fácil. Decidimos tratar el tema con naturalidad y sin esconder nada, adelantarnos a cualquier comentario que pudiéramos recibir en la calle, y sobre todo no darle tregua al miedo. La palabra cáncer estaba en nuestras conversaciones, así como los efectos del tratamiento. Y nos salió bien. Puedo decir que me han dado una  lección de vida, mas ellos a mí que y yo a ellos.

Joan y Marina, mi centro, impulso y motivo, junto con Javi, me dieron la fuerza necesaria para afrontar lo que me venía encima. ¡¡ Formamos un gran equipo!!

Y lo que me venía encima fueron 6 meses de quimio y un cambio radicar en mi manera de vivir, de pensar, de sentir…Todo cambia, empezando por el aspecto, cae el pelo, las cejas, las pestañas, no puedes tomar el sol, la comida no sabe igual….pero eso es solamente lo que se ve. Lo que en realidad cambia es la visión que tienes de la vida, las prioridades, tenía todo un mundo por delante por descubrir…y entre pañuelos, gorras, labios rojos y música empezaba mi día a día. Y se convirtió en un ritual: al despertar visualizaba un SI enorme. Si a todo lo que podía hacer.  No podía huir de los efectos de la quimio, ni de mis limitaciones, pero podía hacer que mis días tuvieran sentido. ¡¡ACTITUD!!

Me hice una promesa y fue mi mantra: “el espejo me devolverá cada día una sonrisa”. Y lo cumplí categóricamente. A veces entre lagrimas, a veces escondida, a veces con ironía, la mayoría con ganas, con fuerza, con sinceridad, a veces tan solo lo intenté, que ya es suficiente!

Iban pasando las semanas y los efectos de los goteros aumentaron. Los primeros días tras el “chute” era un cojín más del sofá. Series, pelis y siestas eternas eran mi plan. Es en esos días cuando más se hace patente la aceptación, desde la soledad, viendo desde la ventana, como si de un escaparate se tratara, como el mundo giraba para todos mientras el mío permanecía quieto. Pero cuando me encontraba con fuerzas me calzaba las deportivas y salía a pasear por mi montaña o me pintaba los labios y las horas las pasaba junto a mis amigos.

La palabra AMISTAD tomó forma, ¡y de qué manera! Me rodeé de un gran ejercito para esta batalla y me acompañaron en todo este proceso con una fuerza arrolladora. Todo tenía solución. ¿No podía tomar el sol en la playa?, pues vamos por la tarde, ¡que además es la mejor hora! ¿Me sentía demasiado cansada para quedar a comer?, quedábamos a almorzar o a media tarde. ¿Echaba de menos a mis compañeros de trabajo? Me despertaban cada mañana con un “bon dia morena, seguim!”, acompañado de una canción nueva cada vez, formando la banda sonora de esta película. ¿Qué no me sentía con fuerzas para correr? Siempre había alguien dispuesto a caminar conmigo.

Sí, he dicho correr, y es que para mí el deporte ha sido una pieza clave en esta historia. Fue la primera pregunta que le hice a la oncóloga ¿puedo hacer deporte? Y su respuesta fue rotunda: escucha a tu cuerpo y si puedes correr, corre. Y tanto que lo hice, cada semana íbamos sumando kilómetros y restando goteros. Cada semana tocaba hacerse la foto en el km del gotero correspondiente y cada semana más gente se sumaba a esta propuesta hasta que formamos un grupo “JUNTES SOM MES FORTES” y rigurosamente me acompañaban en mis salidas. Nos atrevimos incluso a participar en carreras, luciendo nuestras camisetas, teniendo un objetivo, una ilusión, sentir que no todo cambia, ”normalizar” el cáncer,  y así llegábamos a meta con mucho mas que unos km. en las piernas. Cada vez que corríamos nos llenábamos de sonrisas, lagrimas, emoción, solidaridad, amistad…. Incluso participé en un triatlón, junto con una de las indispensables de mi vida. Fue muy emocionante.

Me atreví, y fue algo que me hizo sentir muy libre, a  salir sin el pañuelo en la cabeza. Lo dicho, nunca me había sentido tan libre. Recuerdo la cara de mi marido cuando me vio aparecer, no podía tener más orgullo en los ojos. Pensaba que me sentiría incomoda con las miradas y comentarios de la gente, pero no fue así. Más bien recibí muestras de apoyo que me animaban a seguir: Que valiente, que guerrera!! Yo las recibía con una sonrisa, pero sinceramente no me sentía como tal. No es cuestión de valentía, ni siquiera, a pesar de haberlo repetido en varias ocasiones, es una lucha. Es algo que no se elije, simplemente que no te queda más opción. Creo que se le da demasiada importancia a los efectos estéticos del tratamiento y a veces se olvida ese “centro”, que no es otro que seguir vivos.

Así lo sentía y fui consecuente con mis actos. Por eso cuando me plantearon la cirugía no lo dude y opté por una mastectomía completa. No fue una decisión fácil ni un camino de rosas y tengo que agradecer al servicio de oncología su apoyo y respeto por mi decisión.

La noche antes de la operación me despedí de mi pecho.

Al salir de quirófano y mirarme al espejo, le di la bienvenida a mi cicatriz de vida. Una marca que me recuerda la fugacidad del tiempo, la importancia de seguir viva, un antes y un después.

¡Ya ha acabado todo! Es lo que pensé a la salida de la consulta de oncología. Habían pasado 9 meses y todo estaba bien. Tratamiento hormonal durante 5 años y a hacer vida “normal”.¡ Nada más lejos de la realidad! A este final había que pintarle dos puntos suspensivos…

Y es que nadie te cuenta el después. Volver a trabajar, empieza a crecer el pelo(todavía recuerdo la emoción de ir a la peluquería), la rutina se instala de nuevo en mi día a día, pero todo ha cambiado, yo ya no soy la misma.

Es hora de cambiar el “¿Por qué?” por “¿para qué?”. De aplicar el consejo de un gran amigo y maestro: el cáncer es una oportunidad de cambio. Y tanto que lo es, es una oportunidad de mejorar, de cuidarme y cuidar de los míos, de poner los pies en el suelo, de mostrarme tal y como  soy, de escuchar al cuerpo y al corazón.

Ocurre que cosas que antes me encantaban ahora no me aportan tanto, cosas a las que no daba importancia se convierten en indispensables. Me adapto a las emociones, me resguardo en el silencio, busco la calma, la resaca de todo lo pasado se siente, tomar conciencia de lo vivido también pasa factura, adaptar el cuerpo a la medicación cuesta, mis hormonas van por libre…aprendo a cada paso que doy. No es fácil, a veces me cuesta reconocerme, me echo de menos, me encuentro perdida. Veo miradas llenas de interrogantes y yo con una sonrisa o con los ojos llenos de lágrimas, intento dar respuestas. No siempre lo consigo. Tiempo y paciencia.

Pero no estoy sola, los que han  estado a mi lado desde que empecé con esta aventura siguen acompañándome, incondicionalmente.

La vida se simplifica.

Quedar para ir de cañas acompañadas de risas es el mejor de los planes, salir a la montaña es un clásico que no pierde protagonismo, un abrazo en el momento oportuno es el mayor de los regalos, sofá + manta +  peli= tarde perfecta.  Soy adicta a las sonrisas,  a las buenas noches adornadas con besos, me encanta más que nunca la compañía de un buen libro, dibujar, meditar, desconectar el móvil, saber decir NO, sentir que todo está bien, respirar, empezar de nuevo, vivir…

De mis cicatrices nacerán alas…

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