Elisa (46), Madrid

Me llamo Elisa y tengo 46 años.

Estoy casada con el amor de mi vida y tenemos dos hijos Raúl y Laura.

Mi historia es una historia de sentimientos.

Mi historia con el cáncer comenzó el 3 de diciembre de 2014, cuando acudí a hacerme una ecografía de mama rutinaria.

Entré en la sala a las 5 de la tarde inocente y confiada hasta que vi que el médico cambió el gesto mientras exploraba mi lola izquierda. Me empecé a poner nerviosa pero no me atrevía a hablar por si me decía algo malo. Fue una tarde larga, me hicieron un total de 4 ecografías y 6 mamografías, salí de la consulta a las 9 de la noche, con el corazón descontrolado y la cabeza loca.

Así empezó mi calvario.

Después vineron la resonancia, la biopsia VAP, la visita al ginecólogo y el diagnóstico desolador «Carcinoma ductal infiltrantre de mama izquierda», la detección del ganglio centinela, hasta llegar al día 22 de enero de 2015, que es cuando me despedí de mi lola para siempre.

En los dos meses siguientes las pruebas dijeron que mis ganglios estaban limpios y mis heridas se curaron, a mediados de marzo tuve mi primer ciclo de quimio.

Siempre digo que aquel mes de diciembre, esas navidades, ese caer el tiempo minuto a minuto fueron lo peor de lo peor, la incertidumbre me destrozaba. Miraba a mis hijos mientras dormían y me moría de miedo. Miraba a mi marido y le suplicaba que no dejase de quererme aunque me quitasen una teta. Lloraba todo el tiempo y ahora lloro al recordarlo.

No sabía nada del cáncer porque eso les pasa a otras personas, porque eso no iba a pasarme a mi, porque así somos de humanos, no podemos vivir con ese miedo.

Así que aquel lunes en el que el ginecólogo por la mañana y el oncólogo por la tarde hablaban de mi lola, de mi cuerpo, de mi vida, de mi salud ¡hablaban de mi! pero yo, Elisa, no estaba con ellos.

Me es difícil explicar aquellos momentos, agarrada a la mano de mi amor y escuchando cosas, como el que está viendo una película.

Me volví de cera y solo podía pensar en mis hijos (de 14 y 6 años).

Al oír mastectomía completa, también oí expansor, quimio, radio, alopecia, peluca, pañuelo, port- a -cath, reconstrucción, y no era capaz de asimilar nada, eran palabras que no quería escuchar.

Recuerdo salir de la consulta, la sala estaba vacía y yo estaba rota, me rodaban lágrimas por la cara y no era consciente de que estaba llorando colgada del cuello de mi marido, que también estaba roto.

Ya en el coche tras un millón de besos, conseguimos reponernos, el trayecto hasta casa me trajo de vuelta, en ese momento dejé de ser de cera, en ese momento decidí que no tenía otra opción que no fuese la pelea sin cuartel contra el monstruo de seis letras.

Acababa de encontrar y colocarme mi coraza de guerrera.

Y así llegamos a casa y explicamos a nuestros hijos que mamá tenía un bicho, que en dos días iban a operarme y después vendría un tratamiento. No les oculté nada, ni aquel día, ni ninguno de los siguientes hasta el día de hoy. Ellos han ido preguntando según sus dudas y siempre les digo la verdad.

La repercusión de una noticia de tal magnitud en mi pequeño grupo familiar fue el de la unión y la confianza acrecentadas, si los cuatro siempre habíamos sido uno, desde entonces aún más.

La repercusión en el resto de la familia ¡uff!

Jamás olvidaré el suspiro atravesado en la voz quebrada de mi padre al otro lado del teléfono «hija ¿cuándo es la operación?» hasta ese momento no les había dicho nada…

Mis hermanas, mi cuñada favorita y mis amigos muy muy muy íntimos sí sabían que estaba de pruebas para el diagnóstico…

LLegó comentarlo al resto de la familia (mi marido tiene diez hermanos) al resto de los amigos… Cada uno reaccionó como mejor supo y todos nos abrazaron fuerte, así que aunque rota, me sostenían entre todos.

No puedo decir que de ahí en adelante todo fuese coser y cantar, ni muchísimo menos, pero el primer encontronazo con la enfermedad ya estaba superado.

Me operaron, lloré por odiar a mi lola preciosa, lloré por decirle adiós y lloré aquel postoperatorio de vendajes apretados y drenajes. Lloré al mirame al espejo,  lloré al aplicarme las cremas en las cicatrices, lloré cuando me colocaba el sujetador y el lado izquierdo estaba vacio. Lloré con mi primer ciclo y cuando oriné aquel veneno rojo intenso… lloré cada día, tenía que hacerlo porque llorar limpia los ojos y el alma, y aquellas lágrimas me estaban salvando de tal modo que poco a poco, día a día iba llorando un poquito menos hasta que dejé de hacerlo.

El día que me rapé la cabeza me encontré preciosa y me dediqué una sonrisa enorme, me hice muchas fotos y fuimos a buscar mi peluca, regalo de mis padres. Durante el tratamiento de quimio, fui levantando mi ánimo aunque no era capaz de mirarme al espejo al salir de la ducha. Me hice una experta en evitar mi reflejo hasta que no tenía mi pelo, mis cejas y el sujetador puestos, era automático, cuando por fin me miraba era el momento en que más o menos mi cerebro era capaz de verme en aquella imagen distorsionada que me devolvía el espejo. Cada piropo de mi amor, cada mirada de mis hijos, cada halago recibido, cada ciclo superado, cada visita positiva con mi oncóloga, eran los escalones que me elevaban por encima de todo. Ese fue el momento en el que ganó mi optimismo.

Llegó el día del último ciclo, despedidas en el hospital de día, abrazos a las enfermeras que me habían enchufado los chutes de vida, pensaba que ya había pasado todo, pero no era así porque las secuelas tenían que dar la cara.

Era finales de julio, el calor y cansancio me atenazaban, sentía los dedos de manos y pies hormigueantes como dormidos, dolores y calambres musculares, sin capacidad para concentrarme a leer un libro o seguir una película, mi pelo que con el taxol había resurgido, era apenas una pelusa gris, las uñas de mis pies tenían un color grisaceo y mis cicatrices aún eran muy rojas…

Necesitaba sentirme bien pero me sentía fatal, me ilusionaba pensando en que en octubre me retiraban el expansor y me colocaban la prótesis definitiva.

No me quería dar cuenta de que se me había acabado la mecha, había gastado mis fuerzas para superar mi travesía por el desierto, estaba viendo la meta, era la ganadora y ahora ¿qué?

Me operaron y me pusieron la prótesis, ya me ponía escotes, ya tenía pelo, ahora sí que estaba en el pódium celebrando mi victoria, sin embargo solo quería llorar y dormir y dormir y llorar, había llegado al límite de mis fuerzas, para la navidad de 2015 había tocado fondo.

Tuve que buscar ayuda y acudí a la asociación española contra el cáncer, me visitó el psicólogo y me dijo que estaba en la fase “superviviente” y empecé el tratamiento de mis sentimientos en una terapia de grupo en la que encontré a otros supervivientes, enormes personas tan bonitas que entre todos nos curamos.

Mención especial a mi conexión vía Instagram donde he encontrado a tantas personas maravillosas que regaláis pura vida.

Ya han pasado tres años y revisión a revisión, aunque con tamoxifeno diario, voy alejándome del monstruo. Me siento bien en mi piel, me vuelve a gustar mi imagen, más que antes incluso y tengo la certeza de que soy fuerte. Con una enorme sonrisa en la cara puedo decir que el cáncer me enseño lo grande de mi esencia, me recordó que soy afortunada porque amo y soy amada y que vuelvo a ser yo, mi versión 2.0 mejorada, distinta pero la misma.

A %d blogueros les gusta esto: